Estados Unidos pasó de un Presidente que chocaba contra paredes a otro que se queda dormido frente a las cámaras. El relevo entre Joe Biden y Donald Trump no trajo firmeza al mando de la principal potencia del planeta. Cambió la escena, no la preocupación.
Durante el mandato de Biden, las imágenes de tropiezos, desorientaciones y choques físicos recorrieron el mundo. Hoy, con Trump de regreso en la Casa Blanca, la escena es distinta pero igual de inquietante. El Presidente aparece cerrando los ojos en reuniones oficiales, con lapsos de desconexión que ya no se pueden despachar como hechos aislados.
Antes era la pared. Ahora es el sueño. En ambos casos, el fondo es el mismo. La dificultad para sostener el ritmo de una responsabilidad que exige lucidez constante. Estados Unidos no es un gobierno menor. Desde su conducción se mueven guerras, sanciones, mercados y presiones sobre buena parte del planeta.
Las imágenes de Trump dormitando mientras su propio gabinete presenta informes no son un detalle menor. Son una señal política de primer orden. El Presidente no estaba en un acto simbólico. Estaba en una reunión de trabajo. Estaba en el centro mismo del poder.
El discurso oficial intenta minimizar lo evidente. Se habla de jornadas extensas, de cansancio momentáneo, de interpretaciones forzadas. Pero las cámaras registran con claridad. El Presidente se desconecta por segundos en actos donde debería estar completamente atento.
Estados Unidos proyecta fortaleza hacia afuera, pero hacia adentro muestra fisuras en su máxima figura de mando. Dos gobiernos seguidos con signos visibles de deterioro colocan al sistema político en un punto de debilidad que ya no se puede ocultar con consignas.
Biden dejó la imagen del extravío físico. Trump está dejando la imagen del extravío de vigilia. Uno tropezaba con objetos. El otro se apaga por segundos frente a su propio gabinete. Dos escenas distintas que reflejan un mismo desgaste de fondo.
El problema ya no es de partido. No es demócrata contra republicano. Es un tema de capacidad real de conducción del Estado. De quién puede sostener decisiones que afectan a millones de personas dentro y fuera de Estados Unidos.
Mientras tanto, el mundo observa con inquietud. No por simpatías ni rechazos políticos, sino por una razón simple. La estabilidad internacional depende en gran medida de quién ocupa ese despacho.
Estados Unidos no avanza en este tramo de su historia. Viene de un Presidente que chocaba contra muros. Tiene ahora uno que se duerme en el ejercicio del poder. No hay sensación de relevo. Hay sensación de continuidad en el deterioro.
